Introducción.
La
crisis y el reajuste económico que han marcado la
sociedad cubana de los anos 90 han tenido entre sus efectos
más relevantes una reconfiguración de la estructura
social que incluye desde procesos de emergencia y desaparición
de diferentes grupos sociales, fortalecimiento y debilitamiento
económico de otros, ensanchamiento de las distancias
sociales y las desigualdades, aparición de sectores
sociales en riesgo y de estratos en situación ventajosa.
Tales
procesos no han concluido aun su despliegue, lo que limita
las posibilidades para su interpretación más
profunda, pero su fuerte capacidad modificadora ha alterado,
en un tiempo relativamente breve, la naturaleza del anterior
esquema de estratificación, centrado en altos grados
de homogeneidad e igualitarismo distributivo.
Por
supuesto que la acción combinada de la crisis y la
reforma también han impactado las relaciones de gánero
y la situación de la mujer, aspectos que han constituído
un área prioritaria de análisis en las ciencias
sociales cubanas. Si embargo, son prácticamente inexistentes
las investigaciones que aborden la articulación clase-género,
tema que, a pesar de su relevancia teórica y práctica
y su utilidad para comprender desde la óptica de las
diferencias, la experiencia de la transición socialista
cubana, no ha logrado consolidarse en la tradición
de los estudios de género en nuestro país.
Sin
la posibilidad real de resolver aquí esta lamentable
carencia del pensamiento social cubano, este texto intenta
acercarse a esa problemática, caracterizando el escenario
de los cambios socioclasistas más importantes asociados
a la reforma, entendidos como contexto general que incluye
las modificaciones que se están produciendo en la
situación de la mujer.
Breve
comentario sobre el enfoque teórico metodológico.
Aunque
no es nuestro interés detenernos en análisis
conceptuales, parece imprescindible al menos comentar el
esquema teórico que ha guiado nuestras reflexiones
sobre la estructura socioclasista cubana en la reforma.
Por estructura
socioclasista entendemos el entramado de posiciones,
grupos y de relaciones entre ellos, que se configuran a
partir de la división social del trabajo y de las
relaciones de propiedad que constituyen la base de la reproducción
material de una sociedad histórico concreta, entramado
que expresa el grado de estratificación y desigualdad,
y de integración o exclusión que caracteriza
a dicha sociedad, y que se conecta con otros ejes de articulación
de diferencias sociales de naturaleza histórico
cultural (de género, generaciones, raza, etnia,
entre otros).
Sin
negar la relevancia de los factores subjetivos y socioculturales
en la construcción de las diferencias y las desigualdades,
estamos utilizando aquí el concepto de estructura
en su dimensión de constricción externa al
sujeto, armazón que puede ser transformada y significada
por la acción del sujeto (individual o colectivo),
pero que objetivamente este encuentra como un sistema de
limitaciones para el posible repertorio de su acción.
Ampliar o modificar dicho repertorio implica alterar y modificar
la estructura que constriñe la acción.
Diferenciación y
desigualdad (o igualdad) son cualidades, criterios de valoración
de una estructura de grupos interconexos. Diferenciación significa
la cantidad y variedad de los segmentos que integran dicha
estructura, que generan grupos distinguibles del resto a
partir de uno o varios rasgos (en el caso que nos ocupa,
ubicación en la división social del trabajo)
que a su vez suponen una cierta unidad interna que recorre
desde relaciones materiales hasta las espirituales e identitarias.
La desigualdad caracteriza la medida en que dichos
grupos diferentes están segmentados estratificadamente,
es decir, unos en situación más ventajosa que
otros en lo relativo a acceso a poder y bienes materiales
y espirituales).
Por
supuesto, que las estructuras configuradas a partir de la
división social del trabajo, de la propiedad, y de
la base productiva de la sociedad no agotan ni explican toda
la diferenciación y desigualdad presente en un espacio
y un momento histórico concreto. Al tradicional eje
clasista de diferenciación habría que añadir
otros, no desgajados totalmente de él, pero que funcionan
con una lógica propia, y donde los elementos subjetivos
y socioculturales de construcción de la desigualdad
tienen especial fuerza. Nos referimos a los ejes de género,
raza y generación, como fuentes históricas
de desigualdad de mayor potencia.
En
este caso nos interesa especialmente la diferenciación
y la desigualdad asociada a la condición de género,
entendiendo por este una construcción social que ha
diferenciado, cultural e históricamente, los roles,
características, capacidades y posibilidades del hombre
y la mujer, otorgando a esta última una condición
subalterna. Aunque esta fuente de desigualdad esta atravesada
por la situación de clase, esta fuertemente marcada
por las desigualdades que se construyen desde lo simbólico.
En
nuestro esquema lógico, a estos conceptos típicos
de la sociología de la estructura social y las desigualdades,
hay que añadir la noción de complejidad, que
ofrece una perspectiva para comprender de forma integrada
los procesos de transformación de las estructuras
y relaciones sociales que esta teniendo lugar en la sociedad
cubana desde los 90 hasta hoy.
La
noción de complejidad de la estructura social que
asumimos es aquella que, cercana a la postura sistémica,
la entiende como multiplicación de los actores sociales
y de los nexos y redes que se forman entre ellos, ampliación
y coexistencia simultanea de las posibilidades de elección
y de los repertorios de acción (no necesariamente
realizables en la realidad concreta, pero si potencialmente
elegibles) que integran el horizonte de lo posible en que
el mundo social puede ser interpretado por los actores sociales.
Todo
ello supone la expansión de las posibilidades de autorganización
de los actores y de los elementos azarosos y en los cursos
de acción que finalmente se verifiquen.
Para
Bobes (2000), autora que considera la crisis y la reforma
cubana como momento de aumento de la complejidad, la sociedad
compleja se caracteriza por la existencia de muchas posibilidades
en ausencia de un patrón de selección de alternativas
de acción; por ser acéntrica, al existir diversos
grados y espacios de formación de la experiencia;
por la ampliación de los factores de riesgo y contingencia;
por la discontinuidad y diferenciación creciente en
los códigos comunicativos de cada ámbito de
interacción y, con ello, por la multiplicación
de los sentidos.
Coincidimos
con esta apreciación, en su aplicación al terreno
de los cambios en la estructura socioclasista y las relaciones
de género, en al medida en que crisis y reforma (explícita
o implícitamente, directa o indirectamente) han generado
una diversificación y diferenciación de actores,
ampliado los grados de desigualdad, multiplicado sus opciones
de acción autónoma en lo tocante a su reproducción
material y simbólica como tales actores.
Transformaciones
recientes en la estructura socioclasista cubana.
Los
estudios sobre los cambios socioestructurales en la sociedad
cubana en las últimas 4 décadas han documentado
la presencia de tres grandes momentos en este proceso (Espina,
2000):
a)
Período de los cambios clasistas fundamentales. 1959-1975.Aquí se
desmantelan las relaciones de clases anteriores y se construye
un nuevo sistema de componentes socioestructurales que tiene
como eje fundamental la estatalización. Se produce
una desestratificación social.
b)
Período de los cambios en la estructura interna de
los componentes socioclasistas fundamentales. 1976-1988.
Los componentes socioestructurales típicos de la transición
socialista (clase obrera, intelectualidad, campesinado) se
reproducen establemente, mantienen su peso relativo en la
estructura social y los cambios más intensos se desplazan
hacia su composición interior, en virtud de una complejización
progresiva de la división socio-ocupacional del trabajo.
c)
Período de reforma económica y reestratificación
social 1989-actualidad. La crisis económica iniciada
a finales de los 80 y la estrategia de reajuste puesta en
práctica para su enfrentamiento, tienen como uno de
los efectos sociales más significativos la ampliación
de las distancias sociales y la emergencia de nuevos actores
socioeconómicos.
Concentremos
la atención en la última y actual fase de este
proceso, analizando su naturaleza reestratificadora.
Dentro
del repertorio de medidas que conforman la reforma económica
cubana es posible distinguir aquellas que tienen un impacto
directo e instantáneo sobre la estructura social por
su capacidad estratificadora. Un listado sintético
de dichas medidas incluye, sin lugar a dudas, las siguientes:
-
Rediseño del sistema de propiedad: aparición
del sector de economía mixta y de capital extranjero;
ampliación de la pequeña producción
privada urbana y rural; extensión y diversificación
del sector cooperativo agropecuario; decrecimiento del sector
estatal.
-
Modificación del papel del estado en la economía:
ampliación del rol de los mecanismos de mercado y
potenciación de la planificación estratégica.
-
Reforma empresarial que incluye modificaciones en las formas
de estimulación por el trabajo.
-
Reestructuración de las formas de empleo y las fuentes
de ingreso.
-
Potenciación de nuevos sectores económicos
como el turismo y la biotecnología.
-
Legalización de la tenencia de divisas y dualidad
monetaria.
En
virtud de la fuerte modificación que estas medidas
producen en la composición socioestructural cubana,
anteriormente articulada fundamentalmente a partir de la
estatalización como fórmula preponderante y
sistemáticamente ampliada de inserción social,
es posible inferir la apertura de una nueva etapa en el proceso
de reproducción de la estructura social cubana que
puede ser denominada como de "reestratificación",
en tanto significa la aparición de nuevos actores
socioeconómicos, una mayor segmentación interior
de los actores emergentes y los tradicionales y grados de
desigualdad relativamente amplios asociados a esa diferenciación.
Entre
los procesos que ilustran la reestratificación pueden
incluirse los siguientes:
Aparición
de nuevas formaciones de clases y recomposición
de capas medias.
En
el sector informal: los propietarios, patronos, empleadores,
son categorías típicas de la reconfiguración
de una pequeña burguesía urbana. Propietarios
de pequeños negocios de restaurantes y cafeterías,
de talleres de reparación de automóviles, pequeños
productores de calzado, son figuras emblemáticas de
esta reconfiguración.
Segmentación
interior de los grandes componentes socioclasistas precedentes
En
esta nueva etapa, los grandes componentes típicos
de la transición socialista cubana (clase obrera,
intelectualidad, directivos y empleados) que anteriormente
se caracterizaban por articularse a partir de la propiedad
estatal, y con ingresos salariales con un diapasón
relativamente estrecho de diferenciación, están
experimentando una heterogenización interior proveniente
de su vínculo con formas de propiedad diferentes,
(los estatales, los vinculados a la economía mixta
y al capital extranjero y los ocupados en la economía
informal como asalariados o trabajadores autónomos).
De
igual modo es observable en estos componentes una división
entre ocupados en sectores tradicionales y emergentes. Convencionalmente
esta clasificación distingue entre actividades donde
se han aplicado nuevas fórmulas de estimulación
del trabajo que suponen ventajas materiales, monetarias o
de otro tipo para los trabajadores y que por lo general están
vinculados a la exportación o al mercado interior
en divisas (emergente) y aquellos que permanecen regidos
por criterios de dirección y estimulación anteriores
a la crisis (tradicionales).
La
división entre sectores tradicionales y emergentes
condiciona una diferencia significativa al interior de las
clases obrera, la intelectualidad, los dirigentes y los empleados
al crear una fractura entre posiciones ventajosas y desventajosas
atendiendo al diferente acceso al bienestar material en las
condiciones de trabajo y de vida.
Heterogenización
de los actores propios de la producción agropecuaria.
A
través de la parcelación y cooperativización
de tierras estatales, del potenciamiento de la pequeña
propiedad y la introducción de mecanismos de mercado,
se ha producido, la emergencia de nuevos grupos sociales
(cooperativistas en tierras del estado o UBPC y parceleros)
y un verdadero proceso de "recampenización" del agro
cubano. (Martín, 1997).
La
introducción de mecanismos de mercado como vía
de realización de parte de la producción agropecuaria
ha potenciado las diferencias socioeconómicas al interior
de este heterogéneo campesinado, proceso en el que
el pequeño agricultor individual, tradicionalmente
de mayor productividad y flexibilidad para adaptarse a las
demandas del mercado ha sido el mayor beneficiado continuando
su fortalecimiento económico, mientras que la COPA
y UBPC no logran estabilizarse (Martín, 1997).
Polarización
de los ingresos.
El
elemento tangible por excelencia de los esquemas de estratificación
es el de la distribución de los ingresos. En el caso
de la reforma cubana esta afirmación también
se aplica.
Ella
ha implicado el paso de una situación en que los ingresos
de la mayor parte de la población (alrededor del 95
%) provenían de salarios del trabajo estatal, donde
la diferencia teórica máxima posible era de
1 a 5, y se sustentaban en escalas de calificación
y productividad, hacia una nueva situación en que
se diversifican las formas y magnitud de los ingresos y se
amplía el diapasón que separa sus límites
mínimos y máximos.
Entre
las vías de diferenciación de los ingresos
familiares y personales actuantes encontramos, por ejemplo,
la redistribución del empleo y salida del sector estatal
(urbano o agrícola) de una masa considerable de trabajadores
que sé "desalariza" o se convierte en asalariado o
semiasalariado privados.
De
acuerdo con estimados de la autora en 1994 alrededor del
30.2 % de los ocupados en la economía nacional estaban
vinculados al sector no estatal, en contraste con él
6 % que en 1988 tenía esa condición.
Se
agrega a este hecho la aparición del desempleo que,
según cifras oficiales, en 1996 alcanzó niveles
entre el 6 y 7 % de la población económicamente
activa (Ferriol, 1998).
De
esta manera, una parte considerable del empleo deja de recibir
ingresos fijos y/o centralmente determinados y varían
las cuantías mínimas y máximas recibidas.
En
igual dirección actúa la implantación
de sistemas de estimulación propias en sectores emergentes
y otras actividades, que incluyen ingresos en divisas y en
especie y el acceso a tiendas especiales y comprendían
en 1996 alrededor del 38 % de los trabajadores estatales
y cooperativistas (Ferriol, 1998) y 1,3 millones de trabajadores
en general (González, 1998) y el acceso directo a
divisas.
En
este ultimo aspecto, tanto a través de remesas familiares
como por sistemas de estimulación del trabajo diversos,
se calcula que en 1997 alrededor del 50 % de la población
tenia acceso a divisas (Ferriol, 1998), lo que les proporciona
condiciones más favorables que al resto para acceder
a un consumo más amplio y de mayor calidad.
También
ha tenido lugar una concentración de los ingresos:
cálculos para 1994 mostraban que menos del 10 % de
los poseedores de dinero concentraban alrededor del 60 %
de la liquidez acumulada, y alrededor del 70 % de los depósitos
bancarios corresponden a solo el 6 % de los ahorristas y
que un 15 % de familias controlan el 70 % del efectivo. Hacia
1997 la concentración de los ahorros recaía
en el 12.8 % de las cuentas.
Por
ultimo, debe incluirse en este listado suscinto de elementos
que expresan la polarización de ingresos, la aparición
o ampliación de franjas poblacionales en situación
de pobreza.
Según
estudios recientes , ha aparecido en el país una franja
que incluye una proporción cercana del 15 % de población
en situación de vulnerabilidad, es decir, que sus
ingresos mensuales percápita no alcanzan para cubrir
los requerimientos de la canasta básica, o están
muy próximos a ese límite. (Ferriol, 1998).
En
su conjunto la estratificación se expresa como aumento
de la desigualdad, la ampliación de las distancias
sociales y el corrimiento hacia arriba y hacia abajo de los
grupos extremos.
El
tema de la magnitud de la desigualdad está aun en
pleno debate. Según estudios realizados en la economía
la diferencia entre el 20 % que recibe menos ingresos y el
20 % de mayor ingreso es de 1 a 4 (Martínez, 1996)
o de 1 a 6 (Ferriol, 1998).
A
nuestro juicio estos cálculos subvaloran la desigualdad
asociada a los ingresos y quizás solo ilustran una
situación promedio o la más extendida, pero
habría que prestar mayor atención a la dispersión
de ingresos que no resulta solo de la presencia de casos
atípicos.
Si
como antes se señaló, un 14.7 % de la población
está en condición de vulnerabilidad y sus ingresos
no alcanzan los 200 pesos mensuales percápita, mientras
que otra franja, todavía no determinada su magnitud,
puede percibir ingresos de 2000 pesos* percápita mensuales
(cuentapropistas, campesinos, familias que reciben remesas),
el diapasón de la desigualdad es más amplio
que el anteriormente calculado.
Por
supuesto,este diagnóstico de el estado de la desigualdad
tiene solo un carácter preliminar,pues hasta ahora
solo ha podido considerar elementos mas o menos visibles,
y relativamente fáciles de captar, de las diferencias
sociales.En la perspectiva deberá necesriamente considerar
los efectos desigualitarios y redistributivos de la formación
de redes y de nexos entre diferentes actores, que configuran
sujetos socioeconómicos mas allá de una estrcutura
formalmente establecida, y que generan y mueven flujos monetarios
que distorsionan las normas de distribución formalmente
instrumentadas.Nos referimos a relaciones económicas
y sociales que se generan a partir de la economía
sumergida y la informalidad, y de las mas diversas estrategias
de sobrevivencia, insuficientemente valoradas en su impacto
estratificador.
Cambios
en la situación de la mujer.
El
tema de la mujer y los cambios en su situación social
como efecto de la transición socialista, ha tenido
un lugar permanente en las disciplinas sociales cubanas.
Especialistas en el tema identifican un conjunto de acciones
que integran lo que podríamos llamar una "política
asertiva" hacia el mejoramiento de la condición social
de la mujer, entre las que se encuentran las siguientes (Alvarez,
1998):
-
Implemantación de servicios educacionales gratuitos
en todo el país, que garantizan el acceso en condiciones
de igualdad a niños y niñas, mujeres y hombres.
-
Eliminación de las prohibiciones y restricciones legales
que limitaban el acceso de la mujer al empleo.
-
Aseguramiento de las condiciones para la salud reproductiva,
la planificación familiar y el derecho a la elección
libre de la fecundidad.
-
Promulgación del Código de Familia, instrumento
jurídico que reconoce la igualdad de hombres y mujeres
en la vida familiar.
-
Introducción en la constitución de los derechos
de la mujer a ocupar cualquier cargo y empleo del estado,
la administración pública, la producción
y los servicios.
-
Creación en el parlamento de la Comisión permanente
de atención a la Infancia, la Juventud y la Igualdad
de Derechos de la Mujer.
-
Diseño y aplicación del Plan de Acción
Nacional de Seguimiento de la IV Conferencia de la ONU sobre
la Mujer, a través de una comisión de carácter
gubernamental.
Así,
garantía de acceso a educación, salud, empleo
y aseguramiento legal del derecho a la igualdad, han sido
los cuatro pilares que sostienen la política hacia
la mujer en la transición socialista cubana.
En
lo que concierne a la ubicación socioestructural de
la mujer, esa política se ha expresado en tendencias
como las siguientes:
-
Ampliación sistemática de la ocupación
femenina.
Entre
1970 y 1991 se produce una incorporación estable y
ascendente de la mujer al trabajo con altibajos en la década
de los 90 que no disminuyen significativamente su proporción
en la fuerza laboral del país (Nuñez, 2000).
A finales de esa década las mujeres representaban
el 42,5 % de los ocupados en el sector estatal civil y el
18 % del sector no estatal (Alvarez, 1998).
-
Elevación contínua de la presencia de la mujer
en el empleo calificado.
Desde
1978 la mujer representa mas del 50 % de los ocupados en
puestos técnicos y profesionales, proporción
que hacia 1999 alcanzaba el 66 % (Nuñez, 2000).
-
Aumento del acceso de la mujer a cargos de dirección.
La
proporción de mujeres en la categoría ocupacional
de dirigentes pasó de menos de un 25 % en los años
80, a un 30 % en 1998 (Alvarez, 1998); en los organismos
de la administración central del estado las mujeres
dirigentes pasaron del 12 % a inicios de los 80, al 24 %
a finales de la pasada década; 3 mujeres ocupan cargos
de ministras.
-
Diversificación del empleo femenino y presencia de
las mujeres en empleos no tradicionales.
El
espectro ocupacional femenino se ha ampliado en dos direcciones:
en ocupaciones no calificadas o de baja calificación,
especialmente por su irrupción en actividades agrícolas
remuneradas y en la industria; en profesiones de alta calificación,
anteriormente casi exclusivamente masculinas, como por ejemplo
la ingeniería, la medicina, la investigación
científica.
-
Aumento de los grupos de mujeres asalariadas y con ingresos
propios.
Esta
tendencia obvia significa un impulso a la independencia económica
de la mujer y a un cambio en sus funciones en la esfera domestico
familiar.
-
Feminización de la enseñanza.
En
un interesante estudio de Domínguez y Díaz
(1999) se apuntan varios elementos que sustentan esta afirmación,
algunos provenientes de otras investigaciones, como es el
caso de la realizada para la identificación de talentos,
donde resultó que el 76 % de los niños seleccionados
fueron del sexo femenino. Asimismo, en un estudio longitudinal
del niño y el joven cubano, la mayoría (el
62 %) de los niños que a los 7 años tenía
retraso escolar, eran varones, Otro dato de ese misma investigación
es que a los 17 años se mantenía estudiando
el 70 % de las hembras y el 61 % de los varones.
Ya
en el nivel superior de enseñanza se mantiene esta
tendencia a la feminización pues en el período
90-95 el 57 % de los estudiantes universitarios del país
eran mujeres. Esta expresión de diferenciación
parece acentuarse para Ciudad de La Habana. Para el mismo
período en la Universidad de La Habana las jóvenes
representaban el 61 %, y en 15 de las 25 carreras que se
estudian en ese centro las mujeres son más de las
dos terceras partes. Estas elevadas proporciones se dan incluso
en carreras (como Derecho y Periodismo) en las que en otros
países no es típica la alta presencia de mujeres.
Estas
6 tendencias resumen las áreas de cambio socioestructural
más fuertes que ha experimentado la situación
de la mujer y significan un aumento de su ubicación
de clase autónoma (no dependiente de la del padre
o esposo), de su presencia en los componentes clasistas fundamentales
de la sociedad cubana contemporánea (fundamentalmente
en la clase obrera y la intelectualidad), y un mejoramiento
de la calidad de su pocisionamiento socioestructural. Todos
este proceso puede interpretarse como la "ganancia de espacios
de participación" (Guerrero, 1998).
Entre
los elementos negativos que han acompañado este proceso
los especialistas sitúan la permanencia de una socialización
que reproduce estereotipos y prejuicios sexistas desfavorables
para la mujer; extendida presencia del desempeño de
roles familiares que responden a un patrón tradicional
de la división del trabajo doméstico, lo que
sobrecarga a la mujer en esta área y genera la llamada
doble jornada de la trabajadora; la subrepresentación
de la mujer en los cargos de dirección y en los espacios
de toma de decisiones; el escaso desarrollo de los servicios
que podrían aligerar las tareas domesticas; la insuficiente
dotación de círculos infantiles; el limitado
tiempo libre de las mujeres, entre otros.
Las
tendencias que caracterizan el mejoramiento de la ubicación
socioestructural de la mujer comienzan a manifestarse desde
los años 60 y se fortalecen significativamente hacia
finales de los 70 y los 80. Aún cuando la crisis y
el reajuste que tipifican los 90 no logran revertir en lo
fundamental esta dinámica positiva, ellos introducen
nuevos elementos que agudizan los problemas preexistentes
y crean otros.
Desde
nuestra óptica, en esta línea de análisis
tres son las áreas de preocupación más
relevantes en cuanto a los efectos negativos de la crisis
y la reforma sobre la ubicación socioestructural de
la mujer y en el ejercicio de la igualdad de genero: vulnerabilidad,
empoderamiento y precarización.
En
cuanto al tema de la vulnerabilidad, vale decir que las investigaciones
que han abordado esta cuestión, aún sin haber
utilizado propiamente un enfoque de género, sitúan
a las mujeres entre los grupos más vulnerables (Ferriol,
1998) en el sentido de tener una presencia más alta
que los hombres entre aquellos cuyos ingresos mensuales están
por debajo, o casi en el límite, del monto necesario
para garantizar la canasta básica.
A
escala nacional se ha detectado una franja de población
urbana de un 14,7 % en situación de pobreza. Esta
proporción es de 13,5 para los hombres y de 15,8 entre
las mujeres. Dentro de esta franja un 4,3 % corresponde a
una situación critica, 3,8 % para los hombres y 4,8
% para las mujeres. Estas proporciones ilustran claramente
que las mujeres están recibiendo con mayor fuerza
el costo social de la crisis.
En
lo que respecta al empoderamiento, entendido como el acceso
real y efectivo a posiciones protagónicas en la toma
de decisiones en todas las esferas de la vida social, las
investigaciones coinciden en señalar que si bien es
innegable el aumento ininterrumpido de las mujeres en cargos
y responsabilidades de dirección en la economía,
el estado y las organizaciones sociales, como antes se apunto,
en este proceso se aprecian obvias contradicciones (Alvarez,
1998; González, 2000): la marcada subrepresentación
de las mujeres en cargos de dirección en relación
con su proporción en el empleo y en la fuerza de trabajo
calificada; la disminución del peso de las mujeres
a medida que se asciende en el nivel de jerarquía
de la dirección; la asimétrica distribución
del poder en la dirección de los procesos productivos,
esfera donde se advierte casi una exclusión de las
mujeres de la dirección.
Entre
las causas que condicionan estas asimetrías se sitúan
los estereotipos de género que funcionan en nuestra
sociedad y que favorecen al hombre al presentarlo con mayor
capacidad para la dirección y el ejercicio de la autoridad;
la persistencia de la doble inserción, trabajo remunerado-trabajo
doméstico, que recarga a las mujeres y obstaculiza
el despliegue de sus potencialidades como directivas; la
insuficiente dotación de servicios de apoyo al hogar;
la atención a los hijos (Alvarez, 1998; González,
2000), situaciones que aunque no son nuevas se han visto
agudizadas por la combinación de la crisis y el reajuste.
La
precarización del empleo femenino es un tema que no
se ha abordado en los estudios sociales cubanos sobre la
reforma, pero su influencia puede inferirse a partir de la
expansión del sector informal donde es empíricamente
observable el fenómeno de la ubicación de la
mujer en puestos de menor jerarquía, con funciones
muy cercanas a las domésticas, donde la separación
entre la jornada laboral y no laboral es difusa y en condiciones
de confort mínimas, muchas veces en calidad de ayudantes
familiares no remuneradas. A ello habría que agregar
la expansión, abierta o encubierta, de la prostitución
y el proxenetismo, con su nefasta secuela sobre la igualdad
y dignidad de la mujer. Según cálculos no oficiales
a mitad de los 90 en todo el país podrían contarse
alrededor de 60 mil prostitutas o mujeres ejerciendo de alguna
forma el comercio sexual (Triana, 2001).
A
ello habría que agregar que, por ejemplo, en la actividad
turística, sector altamente cotizado como área
de empleo por las ventajas materiales que provee,solo el
36,6 % de la fuerza de trabajo es femenina , en su mayoría
concentrada en ocupaciones de menor calificación y
no directivas.(Alvarez, 2001).
Algunas
reflexiones para finalizar.
Heterogeneización
creciente, complejidad, aumento de las distancias inter e
intra clasistas, ensanchamiento de las desigualdades sociales,
polarización, han pasado a ser los procesos más
intensos de la reproducción socioestructural, teniendo
como eje básico la diversificación de la propiedad
y los ingresos. Estos procesos han alterado también
los nexos clase- género.
La
tensión entre tendencias regresivas y progresivas,
de avance y retroceso, de ganancia y de pérdida, es
el rasgo mas marcado de la dinámica actual de la ubicación
socioclasista de la mujer y las relaciones de género.
A
nuestro juicio, esto reclama orientar cada vez mas los análisis
de los cambios que están ocurriendo en Cuba desde
la óptica de la comprensión de la diversidad,
la diferenciación y la complejización de las
relaciones de clase y género, tema que sigue siendo
una asignatura pendiente dentro de la teoría del socialismo.
Equidad frente a igualitarismo, diversidad con justicia social
y sin explotación frente a homogeneización
simplificadora, participación frente a centralización
excesiva, parecen ser claves actuales para pensar el futuro
del proyecto socialista cubano.
Dentro
de ello, el tema de la situación de la mujer y de
la continuidad de la construcción de una sociedad
alternativa que logre superar radicalmente sus rasgos patriarcales,
se inscribe con toda legitimidad y urgencia en la agenda
de las ciencias sociales y de los debates cotidianos.
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